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23 dic. 2009

Tomando la falacia por los cuernos






http://www.lavangua rdia.es/lv24h/ 20091223/ 53851064348. html


Montserrat Bordes | 23/12/2009 - 10:06 horas | Profesora de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UPF de Barcelona

Diversos medios de comunicación se han hecho eco de la ILP en prohibición de los toros, avalada con 180.000 firmas recogidas por la plataforma Prou! La Asociación en Defensa de los Derechos de los Animales acaba de presentar 127.500 firmas añadidas. Por su parte, los contrarios a la ilegalización han redactado un escrito titulado Por la libertad que, según parece, está firmado tanto por protaurinos como por antitaurinos, y que alega, en nombre de la libertad y de la tradición cultural, que la fiesta no debe ser legalmente prohibida, sino que, en todo caso, se la debe dejar morir por falta de interés en la tauromaquia en sí misma.

Desde mi punto de vista, esta iniciativa frente a otras que se sustentan en argumentos antianimalistas éticamente insostenibles, presenta una decepcionante novedad lógica: su circularidad. Los firmantes del escrito de "argumento libertario" arguyen que si se prohibe la práctica de la tauromaquia, se prohibiría parte del ejercicio de libertad de quienes la defienden o practican. Quien razona así ya está dando por supuesto que no hay perjuicio para nada ni nadie en el ejercicio de esa libertad. Para verlo, pensemos en una conducta cuya ilegalización no se nos ocurriría rechazar en nombre de la libertad de su agente: cuando se trata de un asesinato, resultaría indecente defender la libertad del asesino psicópata para matar, apelar a su derecho a seguir una tradición (quizá familiar) o a derivar placer estético de la tortura de la víctima.

Este juicio se debe a que se considera indiscutiblemente inmoral su conducta. Pues bien, el argumento libertario, si se considera suficiente en sí mismo para defender la no ilegalización de los toros, incurre en lo que en lógica informal se denomina una "falacia del círculo vicioso", presuponiendo lo que se quiere demostrar, a saber, que no es relevante el sufrimiento del toro en esa práctica (que su dolor es amoral) y que, por tanto, es correcto censurar una legislación que contravenga el derecho de expresión de los ciudadanos implicados. Ahora bien, eso justamente es lo que debería sustentar el escrito libertario: un argumento ético razonable que mostrara que los animales humanos tenemos derecho a causar dolor a algunos animales no-humanos cuando se dan ciertas condiciones, a saber, que el placer estético (¡) que deriven algunos de ello en el marco de una tradición cultural es mayor que el sufrimiento infligido.

Hasta ahora, sin embargo, e incluso suponiendo que el dolor del toro fuera de menor valor moral que el de los respetables ciudadanos que lo contemplan, nadie ha sido capaz de ofrecer un argumento decente al respecto. Lo único que se ha alegado ha sido una tosca exigencia a favor del mantenimiento de un privilegio antropocéntrico arbitrario (especista, como diría Peter Singer) y éticamente insostenible.

Finalmente, y por lo que respecta al otro cuerno del escrito, a saber, su apelación al respeto de una tradición cultural, es fácil reprochar a los firmantes que cometen la falacia ad antiquitatem. Largos siglos de esclavitud socialmente integrada o de explotación femenina por prostitución de lujo son sólo dos ejemplos de tradiciones infames, llevadas a cabo por ciudadanos cuya libertad bien debió ser legalmente coartada mucho antes.

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