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22 nov. 2009

La granja “feliz” es un gran campo de concentración

Por Eduardo jauregui

Qué relación tenemos los seres humanos con los animales que nos rodean? Es sin duda una relación ambigua, paradójica, ambivalente. Por un lado nos distanciamos de ellos al llamarles, como acabo de hacer, "los animales", como si el Homo sapiens no perteneciera también al reino animal. Por otro lado, somos conscientes desde Darwin de nuestra hermandad con las demás criaturas, reafirmada en las últimas décadas al comparar el código genético de nuestra especie con la de simios, monos o ratas. Y mucho antes de tales pruebas intuíamos esta conexión. Todo bicho viviente busca alimentos, trata de reproducirse, huye del peligro. No somos tan distintos ni tan distantes, y lo sabemos. ¿Quién no se ha estremecido alguna vez al verse reflejado en los ojos de una plácida vaca campestre?
Desde la infancia, los animales nos fascinan. No hay nada como un "guau-guau" para atrapar la atención de un niño o una niña. Tampoco es casualidad que la mayoría de los muñecos, juguetes y libros infantiles recreen personajes de otras especies. Edward Wilson, célebre entomólogo de la Universidad de Harvard, opina que los humanos nacemos con una biofilia innata, una atracción hacia todos los seres vivientes. Los documentales de la naturaleza, las carreras de caballos y las exhibiciones de perros de pedigrí son tres ejemplos de los múltiples y curiosísimos eventos culturales diseñados para que disfrutemos de la belleza de la fauna terrestre. La deificación de diversas especies en los altares de la religión, desde el escarabajo egipcio a la paloma del Espíritu Santo, son ejemplos extremos de esta fascinación por las criaturas no humanas.
Por otro lado, sólo el ser humano convive con tantas otras especies, introduciendo en su propio hogar a perros, peces, gatos, cerdos, loros, cabras, conejos, canarios, tortugas, patos, monos, incluso arañas y serpientes. Muchas personas desarrollan relaciones afectivas con sus animales tan estrechas (o más) que con sus congéneres, compartiendo alegrías, penas, juegos y ternura. Quienes han querido así a un animal reconocen que las barreras genéticas no impiden el intercambio de la comunicación, la empatía o el afecto. Reconocen que entre especies puede existir el amor.
Quizás por ello resulta paradójico que estas mismas personas puedan tranquilamente zamparse un filete de ternera o un pato a la naranja. La relación entre humanos y animales es ambigua porque algunas criaturas nos inspiran una gran ternura, mientras que otras sólo nos abren el apetito, o nos interesan más que nada por su valor económico o hedónico. Los cazadores de venado, los aficionados a los toros y los amantes del jamón de jabugo también juegan en casa con sus perros golden retriever o sus mininos, y se horrorizarían si alguien tratara de cazar, acuchillar o comerse a sus compañeros animales. Sin embargo, todos estos animales comparten unos sistemas nerviosos, emocionales y cognitivos muy similares. Las diferencias se encuentran, principalmente, en nuestra manera de verles, en nuestros prejuicios culturales. De hecho, en muchos países, como en Filipinas, los perros pueden llegar a ser parte del menú, un hecho que provoca el mismo espanto en España que nuestra fiesta nacional provoca en otros lugares.
Si los animales pudieran hablar, sin embargo, las protestas de los toros españoles o los perros filipinos iban a ser lo de menos. Las reivindicaciones más importantes vendrían de los miles de millones de gallinas, vacas y cerdos que criamos cada año para alimentarnos. Y no es sólo que a cada cerdo le toque su San Martín, sino que desde que nacen hasta que mueren, la vida de los cerdos es una auténtica porquería. Detrás de esa imagen de la "granja feliz" que habitualmente decora los cartones de huevos, se esconden los enormes campos de concentración animal que inspiraron a Isaac Bashevis Singer a escribir que para los animales "todos los humanos somos nazis y toda la vida un eterno Treblinka [campo de exterminio]" .
¿Queremos saber lo que sucede ahí dentro? ¿O preferimos creer en la vaca que ríe? Con la industrializació n de la ganadería, la competitividad ha impulsado la búsqueda de la máxima eficiencia, velocidad y ahorro, como en cualquier otro sector. Todo está controlado y, en la medida de lo posible, mecanizado: desde la reproducción hasta el degollamiento. Y los espacios, evidentemente, son siempre los mínimos. El cerdo, una criatura tan inteligente y afectuosa como el perro, no entiende nada de todo esto, pero sí entiende los resultados: el aburrimiento, el estrés y el terrible olor que provoca el hacinamiento al que se le somete, día y noche, en un recinto cerrado. Este hacinamiento es el motivo de que corten la cola a los cerdos recién nacidos, pues de lo contrario se las morderían los unos a los otros. Por la misma razón, queman el pico a las gallinas.
También tendrían un grave problema de relaciones públicas, el día que los animales adquirieran milagrosamente el habla, los laboratorios experimentales de medio mundo, en los que se estudia el comportamiento animal o se prueba la toxicidad de friegaplatos, medicamentos y otros productos. Quizá lograrían estos laboratorios justificar ciertos experimentos, como la infección de cobayas con el virus del sida para encontrar una nueva medicina que salvara vidas humanas. Pero les iba a costar más trabajo explicar al público otros procedimientos, como la aplicación, en el ojo de un conejo, de un spray diseñado para mantener verde el árbol de Navidad.
Pero los animales no hablan. ¿O sí?
Eduardo Jáuregui es coautor de "Juicio a los humanos" (RBA Integral), que será publicado en marzo.

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