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20 abr. 2009

EL PETROLEO QUE COMEMOS

Por ALBERTO GARRIDO*


La agricultura americana ha pasado de producir 2,3 calorías de alimento por cada caloría de origen en combustibles fósiles en 1940, a producir en la actualidad 0,1 calorías de alimento por caloría de combustible. La agricultura mundial es hoy mucho más dependiente de la energía proveniente de los combustibles fósiles de lo que era hace medio siglo, si bien en términos de coste es indudablemente mucho más eficiente.
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Es poco conocido, pero los ciudadanos del mundo rico comemos petróleo. No cocinado, evidentemente, sino en los productos que nos comemos. Es obvio que la producción agraria necesita del trabajo de los tractores y las máquinas agrícolas, que consumen en combustible entre un 5 y un 10% de los costes variables de la producción de trigo, maíz o guisantes.

Aunque el rendimiento energético de la agricultura sea relativamente bajo, no parece claro que se pueda mejorar a corto plazo. No hay que olvidar que, en gran medida, la demanda energética indirecta más importante es la producción de fertilizantes nitrogenados. En su producción, el gas natural viene a representar entre el 40 y el 50% del coste de producción, y la correlación entre el precio del gas y el precio del fertilizante es con un retardo de tres meses prácticamente

El profesor García Olmedo ha estimado que para satisfacer las necesidades de nitrógeno de la agricultura mundial empleando estiércol del ganado, harían falta más de 14.000 millones de vacas. Por tanto, la opción de la fertilización orgánica es absolutamente inviable, lo que sin embargo no excluye la necesidad de un aprovechamiento más eficiente de la fertilización orgánica de origen animal.

Para satisfacer las necesidades de nitrógeno de la agricultura mundial empleando estiércol del ganado, harían falta más de 14.000 millones de vacas.

Sin la fertilización inorgánica no podemos producir la soja y el maíz que necesitamos para alimentar a los animales que nos comemos, de ahí que no podamos eludir el petróleo para casi nada de lo que se nos expone en los supermercados. De esta forma, después del transporte, la agricultura es el sector que más combustibles fósiles necesita, y en consecuencia uno de los que más emisiones de gases de efecto invernadero emite a la atmósfera.

¿Debemos preocuparnos los ciudadanos de a pie porque nuestras fuentes de alimentos tengan tanta dependencia del petróleo? Si es así, ¿qué podemos hacer para reducirla?

En los países desarrollados, una familia media gasta entre el 10 y el 20% de su renta en alimentarse; una pobre más del 50%. El encarecimiento del petróleo del año 2008 produjo un repunte del IPC de los alimentos que globalmente se puede estimar en el 7%. Ha habido familias en los países desarrollados a las que este repunte ha producido un daño en su poder adquisitivo. Pero el encarecimiento de los alimentos difícilmente ha puesto en peligro la calidad de su dieta, aun cuando hayan tenido que reducir el consumo de vinos, carne de vacuno, pescados de calidad o productos muy elaborados, si es que antes los consumía. Considerando que hay 1.000 millones de personas que pasan hambre, la elevación del precio del arroz, el trigo o el maíz, y la subsiguiente crisis alimentaria ha producido daños dramáticos.

Resulta que el encarecimiento de estos productos básicos, de los que depende la alimentación de la población más pobre, ha coincidido en el tiempo con el encarecimiento del petróleo, si bien éste no ha sido el único factor responsable. Sin embargo, el componente energético de la agricultura de subsistencia es al menos un orden de magnitud menor que el de la agricultura convencional. Si en África la media de fertilización es de tres a cinco kilogramos de fertilizante por hectárea cultivada, en Europa superamos los 100 kg (en España es de unos 50 kg); algo parecido sucede con la mecanización o el uso de energía eléctrica.

Si en África la media es de 3 a 5 kg de fertilizante por hectárea cultivada, en Europa superamos los 100 kg (en España es de 50 kg); algo parecido sucede con la mecanización o el uso de energía eléctrica.

En consecuencia, los ciudadanos afluentes del mundo sufrimos muy ligeramente el alza de los precios de los alimentos, y somos poco vulnerables, en términos de renta y tipo de dieta, al efecto que el precio del petróleo tiene sobre nuestra cuenta de gasto en alimentación. Sin embargo, los más desposeídos de la tierra sufren con todo el dramatismo que podamos imaginar una subida del precio del arroz del 400%, como ocurrió en el otoño de 2008.

Lo que parece claro es que el mundo necesita multiplicar al menos por dos su cuenta de energía para poder alimentarse, lo que supone una presión adicional sobre la demanda de petróleo. Y ello es así, porque, por el momento, no hay una alternativa técnica disponible que permita el aumento de producción de alimentos de la escala que el mundo necesita sin emplear fertilizantes inorgánicos de síntesis. No hemos concebido todavía técnicas de producción agraria que no tengan la dependencia del petróleo que tenemos ahora y que permitan a la humanidad alimentarse.

¿Qué se puede hacer? Siempre decimos lo mismo: la carne de vacuno proporciona la proteína cárnica de peor eficiencia energética, con mayor huella hídrica y con mayores emisiones de GEI de todas las disponibles. Hagamos como Abraham Lincoln, "la carne como acompañamiento de un plato eminentemente vegetal, no al revés". Además, podemos centrar nuestra base de alimentación en frutas y hortalizas, productos frescos, de temporada, y cuanto menos elaborados, mejor. Y finalmente, compremos y pidamos sólo lo que nos vamos a comer.

*Alberto Garrido es profesor de Economía y Ciencias Sociales Agrarias de la E.T.S de Ingenieros Agrónomos, de la Universidad Politécnica de Madrid.

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